La rebelión del PT y PVEM en contra de la reforma electoral
Columna política
Por Efrén Domínguez White
En política, las lealtades rara vez son gratuitas. Se pagan —y se cobran— en votos, posiciones y presupuestos.
Bajo esa lógica, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) enfrentan hoy uno de los dilemas más delicados de su historia reciente: respaldar sin reservas la reforma electoral impulsada por su aliado mayoritario o asumir el costo político de votar en contra y arriesgar su propia supervivencia.
El tablero no es menor.
Si el PT y el PVEM decidieran desmarcarse de la iniciativa, desde los sectores más duros de la autodenominada Cuarta Transformación —encabezada políticamente por Andrés Manuel López Obrador y hoy conducida por Claudia Sheinbaum— se activaría, sin duda, una narrativa de “traición”.
En el ecosistema político de la 4T, disentir no siempre se procesa como una diferencia legítima; con frecuencia se interpreta como deslealtad al proyecto.
Sin embargo, el cálculo de estos partidos aliados no parece ideológico, sino estrictamente matemático.
La permanencia del PT y del PVEM como fuerzas políticas nacionales depende en gran medida de su alianza con Morena.
En elecciones federales, ambos han logrado mantener presencia y representación bajo el paraguas electoral del obradorismo.
Sin esa sombrilla política, el riesgo es evidente: no alcanzar el umbral mínimo de votación requerido para conservar el registro.
Y perder el registro no es un asunto meramente simbólico.
Implica quedarse sin prerrogativas —el financiamiento público que sostiene estructuras territoriales y operación política— y sin acceso a posiciones plurinominales en la Cámara de Diputados o el Senado.
En términos prácticos, significaría la desaparición institucional de partidos que, durante décadas, han sabido moverse con habilidad dentro del sistema político mexicano.
Aquí radica la paradoja.
Si el PT y el PVEM votan en contra, podrían ganar una momentánea autonomía discursiva, pero también desatarían una campaña política intensa que los exhibiría como un obstáculo para la transformación.
Si votan a favor, en cambio, reafirmarían su papel de aliados subordinados y garantizarían oxígeno político, aunque al costo de diluir aún más su identidad propia.
En el fondo, la pregunta es más profunda: ¿son hoy el PT y el PVEM partidos con agenda propia o simplemente extensiones estratégicas de Morena?
La respuesta no está en los discursos ni en las conferencias de prensa. Está en las urnas.
Si los votantes que respaldan el proyecto de la transformación deciden marcar exclusivamente por Morena y no por sus aliados, el mensaje será contundente: la lealtad electoral no es necesariamente bidireccional.
La política mexicana ha demostrado que los partidos pequeños sobreviven cuando logran convertirse en bisagras útiles dentro del sistema.
El PT y el PVEM han jugado ese papel en distintos momentos de la historia reciente, adaptándose a los equilibrios de poder de cada época.
Pero la Cuarta Transformación opera bajo una lógica distinta.
En su narrativa política no hay demasiados espacios para las medias tintas. Se está dentro o se está fuera.
Y estar fuera, para el PT y el PVEM, podría significar algo más que un desacuerdo legislativo. Podría ser, sencillamente, el principio del fin.
Efrén Domínguez White
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