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Los aliados incómodos: el papel real del PVEM y el PT en la era de Morena

COLUMNA POLITICA

Por Efrén Domínguez White

En la política mexicana existen partidos que nacen con vocación de poder y otros cuya función principal es sobrevivir dentro del sistema.

En esta segunda categoría se ubican, desde hace décadas, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT).

Su papel no ha sido el de protagonistas electorales, sino el de aliados estratégicos de las fuerzas dominantes.

Históricamente, ambos institutos políticos han operado como partidos bisagra o satélite.

Esto significa que rara vez obtienen grandes mayorías por sí mismos; su verdadera influencia proviene de las coaliciones.

El PVEM, por ejemplo, fue durante años aliado casi natural del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con el cual compartió múltiples candidaturas y posiciones legislativas.

En algunos momentos también participó en alianzas locales con el Partido Acción Nacional (PAN).

Desde 2018, sin embargo, su alineación principal ha sido con Morena.

El PT, por su parte, ha tenido una trayectoria similar aunque con menor peso electoral.

Su supervivencia política ha dependido en gran medida de las coaliciones, particularmente con fuerzas de izquierda.

En la práctica, ambos partidos han seguido una lógica clara: mantener el registro, negociar candidaturas y asegurar posiciones legislativas o gobiernos locales.

Sin embargo, la pregunta que hoy recorre los círculos políticos es inevitable: ¿realmente Morena necesita a estos aliados?

A primera vista, el partido fundado por Andrés Manuel López Obrador parece tener suficiente fuerza electoral para competir por sí solo.

Morena se ha convertido en la fuerza dominante del sistema político mexicano y ha logrado triunfos contundentes en elecciones presidenciales, estatales y legislativas.

Pero el verdadero punto de equilibrio no está en ganar elecciones, sino en gobernar con margen suficiente para transformar el marco constitucional.

En el Congreso mexicano existen dos tipos de mayorías: la mayoría simple —50 por ciento más uno de los votos— y la mayoría calificada, que exige el respaldo de dos terceras partes de los legisladores.

Esta última es indispensable para aprobar reformas constitucionales. Y ahí es donde los aliados adquieren valor estratégico.

Morena puede ganar elecciones sin el PVEM o el PT.

Lo que no siempre puede garantizar por sí mismo es alcanzar la mayoría calificada en el Congreso. En ese escenario, los votos de estos partidos pequeños se convierten en piezas clave para impulsar reformas estructurales.

De ahí que, pese a su aparente debilidad, su presencia siga siendo relevante dentro del bloque gobernante.

Pero también existe el otro lado de la moneda. Tanto el PVEM como el PT tienen un punto débil evidente: dependen profundamente de las coaliciones.

Cuando compiten solos, su votación suele disminuir de forma significativa. Además, la legislación electoral mexicana establece un umbral claro: un partido pierde su registro nacional si obtiene menos del 3 por ciento de la votación.

Esto implica que el riesgo de desaparición no es meramente teórico, especialmente para partidos pequeños.

En un escenario donde Morena decidiera competir sin aliados, el Partido del Trabajo podría enfrentar serias dificultades para mantener su registro.

El PVEM, con mayor estructura territorial en algunos estados, probablemente sobreviviría, aunque con una fuerza considerablemente reducida.

Ante esta posibilidad surgen tres escenarios.

El primero —y el más probable— es que Morena mantenga la alianza actual con el PT y el PVEM, garantizando así la mayoría calificada en el Congreso y repartiendo candidaturas como parte del acuerdo político. Este modelo ha funcionado desde 2018 y ha permitido consolidar el bloque legislativo oficialista.

El segundo escenario sería una reducción del peso político de los aliados. Morena podría otorgarles menos candidaturas, competir sin ellos en ciertas entidades o limitar las coaliciones a elecciones federales.

Esta estrategia debilitaría a los partidos satélite, aunque difícilmente provocaría su desaparición inmediata.

El tercer escenario sería la ruptura total. Morena compitiendo completamente solo en todos los procesos electorales. En ese contexto, el PT enfrentaría un riesgo real de perder el registro, mientras que el PVEM tendría que reinventarse para mantener su presencia política.

No obstante, eliminar aliados no siempre es una decisión políticamente inteligente. Los partidos satélite cumplen funciones útiles para una fuerza dominante: suman votos legislativos, reparten costos políticos, administran conflictos internos y sirven como espacios para candidaturas que no encuentran lugar dentro del partido principal.

Por ello, aunque Morena tiene hoy la fuerza suficiente para plantearse caminar en solitario, lo más probable es que prefiera mantener su sistema de alianzas. Quizá con ajustes, quizá con menor margen para sus socios, pero difícilmente prescindiendo de ellos por completo.

En política, la fuerza no siempre se mide por la capacidad de avanzar solo, sino por la habilidad para construir mayorías. Y en ese tablero, incluso los aliados más pequeños pueden terminar siendo piezas decisivas.

Pero la Cuarta Transformación opera bajo una lógica distinta.

En su narrativa política no hay demasiados espacios para las medias tintas. Se está dentro o se está fuera.

Y estar fuera, para el PT y el PVEM, podría significar algo más que un desacuerdo legislativo. Podría ser, sencillamente, el principio del fin.

Efrén Domínguez White

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Imagen Informativa Digital.

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